
Las tardecitas televisivas tienen ese qué se yo, cantaría hoy el Polaco. Circos mediáticos, debates berretas, culebrones y hasta un reality para gente con problemas de sobrepeso son algunas de las opciones. Para todas aquellas mujeres bricollage hay canales que son el pasaporte directo a la felicidad. En cambio si la tele no es más que un ruido de fondo, si usted no logra dormir una siesta ni puede concentrarse siquiera en el último libro de Osho, quizá The Ellen DeGeneres Show es el programa ideal para la hora del té.
Ellen es en Estados Unidos lo que Susana Giménez es en tierras argentas. La gente la adora, festejan sus chistes, copian sus pasitos de baile y, por sobre todas las cosas, la gente ama el chisme, las confesiones que se presumen secretas y que su heroína, DeGeneres, se especializa en volver públicas.
Cuando en 1998 Ellen confesó abiertamente su homosexualidad en la sitcom que llevaba su nombre y ventiló su romance con la actriz Anne Heche, el episodio, lejos de escandalizar, conquistó a una audiencia siempre hambrienta en cuestiones del corazón. Con simpatía y poca corrección Ellen se convirtió en un ícono de gran popularidad en la pantalla norteamericana y es una de las personalidades con mayor influencia en el país. Hace de su vida un espectáculo público. No sabe ni quiere guardar secretos. Le gusta compartir, como cuando anunció frente a cámaras su casamiento con Portia De Rossi (actriz australiana que en los 90 se hizo conocida en la serie Ally McBeal y hoy participa en Nip/Tuck). Incluso, los rumores indican que la ceremonia se realizaría frente a las cámaras, en el mismísimo show.
Lo que sucede en la platea del programa es similar a un recital de Luis Miguel. Un porcentaje altamente femenino grita desaforadamente ni bien aparece Ellen en el estudio. Saluda tímidamente, hace un poco de stand up mientras un dj musicaliza el ambiente y ella se entrega a la danza.

El momento funciona porque se mezcla entre el público: sube baja y se zangolotea por todos lados. Gesticula con simpatía a las señoras que no hicieron más que esperar ese momento para bailar cerca de ella. Anuncia los invitados del día. Todo está perfectamente guionado, estudiado, ensayado. Se repiten gestos y movimientos lo cual atenta contra la espontaneidad y previsibilidad del programa, pero es sabido que todo esto es parte de la fórmula del talk show.
Ellen, como la diva de los teléfonos, recibe a sus invitados en el living, coordina juegos con la platea y reparte premios consuelo (el famoso Tivo) y de los otros (órdenes de compra por distintos valores). Las concursantes gritan, cholulean y se comportan como eternas adolescentes al lado de su estrella favorita.
Para los que pudimos ver a Ellen en la sitcom durante los 90, este show es un baldazo de agua fría. No alcanza con la soltura y gracia que despliega Ellen en las entrevistas, ni siquiera cuando el invitado sea un carilindo como David Beckham o Patrick Dempsey. Ellen huele a talento desaprovechado sujeta a un pobre guión.
Quizá una hora de programa diario, con algún que otro chiste, no compensa el talento de la protagonista pero El show de Ellen sirve como un buen ruido de fondo mientras se toma el five o clock tea. Incluso, con un poco de suerte, podemos enterarnos un buen chimento hollywoodense en lugar de tanta silicona bailando por un sueño.
The Ellen DeGeneres Show, de lunes a viernes a las 17 por Warner Channel.




En lo de Susi te enterabas de todo: quién se había mudado del barrio, quién se había separado y quién era la afortunada que se casaba en unas horas. Si te habías perdido la novela de la Kuliok y Arnaldo André te hacían un resumen de lujo y ya estabas en carrera para seguir con el culebrón de todas las tardes. La cita obligada era los sábados. Una sabía cuándo entraba, nunca cuándo salía. No existían los turnos. Si tenías suerte de cruzarte con Susi unos días antes le adelantabas que el sábado necesitabas cierta prioridad y ella, cual genio de la lámpara, se las ingeniaba para hacer tu deseo realidad y camuflarse y camuflarte entre la clientela para atenderte primera sin que nadie se ofendiera, aunque la sensación universal era que te pasabas todo el día entre revistas, litros de spray y secadores de pelo intergalácticos. El ritual se mantuvo durante años pero, como todo tiene un final, el boliche de Susi cerró y en el barrio quedó el vacío y la misión de buscar un reemplazante. Es complicado confiarle nuestra cabellera a un sujeto. Digo, es casi fatal. Una puede escuchar sugerencias pero también hay algo fortuito en la relación con el peluquero. Encontrarlo es una búsqueda que puede durar años y un alto precio que se traduce en cortes desafortunados. Ir a la peluquería no deja de ser un trámite en el que no sólo se invierte dinero, también ilusión y coraje. Por eso es tan importante encontrar "el lugar" y sobre todo, un peluquero como la gente. Durante años tuve un acompañante capilar que me guió por todas las peluquerías de moda donde nos servían tragos a las 5 de la tarde, como en un boliche. El rally comenzó en una casona en el barrio de Devoto donde no había ningún cartel luminoso ni se hablaba de la novela de la tarde, pero iba Julio Bocca. El matrimonio peluquero no tardó en hacerse famoso, se mudaron y reciclaron un primer piso por escalera en Once. Habían crecido, tenían ayudantes y aprendices, salones kitsch y una familia de rottweillers dando vueltas por todo el lugar. Pedir turno se volvió imposible y eso motivó una nueva búsqueda que nos llevó al barrio de Caballito. El vecinito de mi guía capilar y sus amigos habían abierto Roho, un lugar mínimo con luces de neón en la puerta. Aunque nunca tuve la suerte de cruzarme con los Babasónicos o Cerati, esta gente sigue siendo clientela fija del lugar que claramente se amplió a unas cuadras del Pque. Rivadavia. La maratón siguió un camino que fue ensayo y error. Los lugares se volvieron impersonales pabellones de música electrónica que albergan chicos uniformados con preguntas molestas, pero dicen que no hay mal que dure cien años. El viernes pasado fui a una casona reciclada, colorida y alegre. No registré si había cartel de neón pero salí con luz propia. Y de eso se trata. Cada vez que decidimos cortarnos el pelo hay algo de limpieza kármica en ello, una necesidad constante de cambio. Puede salir bien o hundirnos en una terrible depresión. Lo cierto es que todas queremos salir radiantes. No importa el nombre, el cartel luminoso, si se habla de la novela de la tarde o del recital de Madonna. Lo importante es que hay lugares como La Lúdica que te hacen sentir bien como el inicio de una nueva relación, cuidada y escuchada como cuando iba a lo de Susi, pero sin la novela de Migré.


